Maxi Becker: la naturaleza y el arte de la cocina como ruta de vida
Maximiliano Becker es cordobés, nacido en el lejano pueblo de Sampacho, en la zona sur de la provincia. Sin embargo, su curiosidad y espíritu sin límites resultaron demasiado grandes para un lugar tan chico.
El protagonista de esta nueva historia de Perfiles Urbanos creció con padres separados y muy cerca de sus abuelos. Al respecto, Maximiliano comentó: “Mis abuelos Tita y Lelo tenían campo y como iban todos los días a trabajar solían llevarme. Mamá es abogada y cuando era chico trabajaba en Rosario, luego se instaló en el pueblo”.
Sobre la gestación de su amor por la cocina, que lo llevó a convertirse en un artista de los sabores, relató: “De chiquito, cuando hacíamos las carneadas en familia en el campo, todos ayudábamos haciendo los salamines. Los domingos amasábamos la pasta y cortábamos las hierbas del jardín para la salsa. Era muy chico”.
Luego agregó, conectando esas vivencias con su etapa como joven y corajudo viajero: “En Río de Janeiro, cuando por primera vez me quedé a cargo de un restaurante, esa noche volví a la favela donde vivíamos con Preto (su hermano de ruta)".
"Me senté a fumar en la terraza desde donde se veía toda Copacabana y solo lo sentí. Entonces me fluyó escribir una carta para mi abuela, donde le decía que todo eso que estaba viviendo venía de lo compartido con ella en mi infancia: ese amor por la materia prima y la cocina en sí”, dijo.
Al consultarle sobre el comienzo de su vida como viajero, “el gringo Maxi”, como lo conocen todos sus amigos, recordó: “Mi primer viaje fue a fines de 2014, cuando me fui a Machu Picchu desde Sampacho a dedo con el Gula, Picheti, Potrillo y el Nito".
"De Perú continué viajando hasta Brasil y no paré, porque el pueblo me quedaba chico para tanta curiosidad que tenía encima. Eran muchas preguntas, muchas experiencias que quería vivir, cosas que había escuchado y cosas que imaginaba de estar en ese tipo de vida viajera”, contó.
Maxi recorrió miles de kilómetros trabajando “de lo que sea”, haciendo malabares y más, pero principalmente cocinando en grandes bares y restaurantes, donde dejó su sello y sabores distintivos. Aquel primer viaje duró cuatro años entre Perú, Brasil, Ecuador y Colombia.
Sobre su manera de sentir y conectarse con el mundo espiritual, este cocinero y trotamundos comentó: “Aunque fui a la iglesia católica por costumbre de familia, creo en los elementos del universo y la energía. Estoy presente con la tierra, paso mucho tiempo descalzo, voy a la playa a sentir el mar y al monte con frecuencia para estar en silencio entre las plantas”.
Y continuó expresando su sentir y una actividad que lo llena de placer: “Aprecio los momentos en los que me vinculo con todo lo natural y puedo sentir con seguridad cómo estoy conectado y vibrando con esa energía. Amo surfear y cuando lo estoy haciendo es como si levitara”.
Llegando al final de esta nueva historia de Perfiles Urbanos, Maxi, que hoy está instalado en Costa Rica, habló sobre su vínculo con la familia y el pueblo después de tanta distancia: “No extraño, en verdad, ya que tengo presente mi tierra y mi gente con mucha claridad. Son parte de mi esencia. Los vínculos que sigo manteniendo son reales y sanos, y no me demandan tiempo”.
Abriendo por completo su corazón, el gringo comunicó: “Es una conexión de por vida, porque los sentimientos son auténticos, y una vuelta al pueblo después de años me llena para seguir. Hay conversaciones con amigos y familia que me hacen bien y los mantienen siempre presentes”.
Eligiendo una de las miles de anécdotas viajeras luego de tantos kilómetros andados y experiencias vividas, Maxi recordó una por sobre todas: “Llevábamos un mes haciendo dedo, durmiendo en carpa y cocinando al fogón con un grupo de amigos en un pueblo brasileño que se llama Troncoso. Veníamos pidiendo al universo un lugar que nos diera comodidad y descanso".
Agregó a su relato: "Éramos cuatro, pero fuimos a un encuentro con muchos malabaristas y músicos en la playa. Copa va, copa viene, nos emborrachamos y sin querer terminamos separándonos. Cuando nos despertamos al otro día, teníamos la carpa encima y dos de mis amigos estaban todos arañados y habían perdido las mochilas”.
Y continuó con estas locas historias que ocurren cuando uno viaja mochileando: “Al otro día salimos al pueblo a investigar porque no entendíamos nada, y resulta que dos de los chicos habían ido borrachos a un casamiento. La mujer que lo organizó nos contó todo: ellos estuvieron cantando y bailando en la fiesta. Entonces la señora nos ofreció su casa, un hogar de otro universo para lo que había en la selva. Lo veníamos anhelando y lo vibramos".
"La dueña, que era otra viajera devolviendo lo que alguna vez le habían regalado, nos prestó su casa por tres días. Nos dijo: ‘Acá tienen todo para usar, cuando se vayan esconden la llave abajo de la alfombra’. Y nosotros disfrutamos de una casa con agua caliente para bañarnos, cama para todos, la heladera llena y televisor”, concluyó.
Al finalizar este clásico de los domingos de NOVA, Maximiliano Becker contó su manera de estar presente y conectado a su esencia: “Muevo la energía cuando medito y paso tiempo en la naturaleza. Siento que me comunico con la familia, mismo en Sampacho, cada vez que voy para los campos de acá, en Costa Rica. Alrededor puedo sentir el silencio de un corral con animales: esos ruidos y olores me transportan al pueblo, y siempre estarán ahí y en mi corazón”.







Seguí todas las noticias de NOVA Córdoba en Google News













