Miguel Fernández: el arte de viajar y hacer su casa viviendo de lo que ama en el semáforo
El poder para transformar la energía que recibe trabajando en la calle el protagonista de Perfiles Urbanos de NOVA es inmenso, vence la barrera de los prejuicios y el resultado y reacción inmediata lo demuestra con creces. El mejor síntoma de que una persona es feliz, la alegría.
El cordobés Miguel Fernández es bombista, viajero y trabajador del "faro" como le dicen los artistas callejeros.
Comenzando a expresar su experiencia personal Miguel habló de su desafío en el presente “Estoy terminando de hacer mi casa que es un orgullo personal y aunque yo sé que lo material no abraza, no escucha y no consuela es mi forma de decir, yo vivo de lo que amo".
Con esa sinceridad, transparencia y profundidad desde el sentir comienza un nuevo clásico de todos los domingos en NOVA.
Luego el hijo de Beatriz y Miguel continuó su relato: "Mi padre falleció cuando tenía tres años y me criaron entre mi madre y mi padrastro Carlos".
Tiene dos hijos, Benjamín, de 10 años al que describe como su mejor amigo, y Tahiel a, punto de cumplir dos años.
Con 41 vueltas al sol, el protagonista de esta historia de vida es un viajero eterno que describe así su pasión: "Viajo desde los 21 años, Argentina la conozco completa, tuve etapas donde me dediqué a trabajar y no he viajado pero los últimos 5 años voy y vengo a Chile ya que me queda cerca por los chicos y esta bueno el cambio de moneda para trabajar".
En la actualidad, éste excelso bombista se está construyendo su casa en las sierras de Córdoba, más precisamente en un paraíso natural llamado Estancia Vieja ubicado muy cerca de Villa Carlos Paz.
El ya cordobés por adopción comentó con respecto al comienzo de su profesión musical "Empecé a los 17 años en San Nicolás de los Arroyos, mi ciudad natal, mi maestro fue José Mario Aranda y es de Laguna Paiba, Santa Fe. Muchas veces en la vida tuve que elegir entre un trabajo común y mi pasión y sigo eligiendo desde hace muchos años tocar el bombo en los semáforos".
Con mucho esfuerzo, Miguel superó los múltiples filtros artísticos que existen para a los 22 años llegar al Pre Cosquín folklórico e incluso logró luego de algunas participaciones ser finalista en la categoría instrumento solista.
Sin embargo, tuvo desafíos mucho más importantes que lo llevaron a enfrentar una de las enfermedades lamentablemente más populares y actuales, la depresión a causa del estrés.
Al respecto, Miguel recordó: “A los 30 años comencé a tener depresión con todas sus aristas, ansiedad, insomnios, esquizofrenia etcetera, estuve cuatro años en tratamiento psicológico y psiquiátrico con medicación. La última etapa estuve tres meses internado en el hospital psiquiátrico de Santa María de Punilla donde después de ver los estudios que traía desde mi ciudad más los meses de tratamiento me dijeron que no respondía ni a la medicación ni a los procesos médicos así que me iban a pensionar porque consideraban que ya no me iba a poder incorporar a la sociedad”.
Aquel drama fue mucho más profundo para el protagonista de Perfiles Urbanos: "Durante esos cuatro años también estuve sin tocar el bombo ni un día, trabajaba en el puerto donde nací y operaba equipos pesados, pero en la empresa no sabían de mí situación, hasta el cuarto año donde intenté suicidarme con la medicación. De ahí me vine a Córdoba y terminé en el hospital de Santa María de Punilla", contó.
Pero como a muchas personas le sucede apareció una luz en el camino, la más fuerte, brillante y transformadora, su primer hijo: “Desde el primer momento que me sentí mal busqué ayuda, sin saber qué me pasaba por todos lados. Pensaba en Benja y sentía, tengo que sanar para que el día de mañana no tenga que sanar él por tenerme como papá, Benjamín fue quien me alentó a no rendirme”.
Cuando Miguel fue diagnosticado con una severa depresión, Benjamín estaba en el vientre de su madre, pero su proceso de recuperación duró tres años.
Conociendo su espíritu de superación el fluir de la charla fue un río existencialista “Creo que muchos libros sagrados tuvieron como musa a la Biblia, leí budismo, taoísmo y otras filosofías de vida y puedo decir que coinciden bastante. Aprendí que la vida es un ratito, que hay que disfrutarla, que si el del lado nació con más posibilidades es así, tampoco me quejo demasiado”.
Y continuó con la profundidad de su relato: “Me gusta leer, pero también escribir para no tomar ideas de otros, elijo mi experiencia durmiendo en el desierto de Atacama o simplemente sentándome a ver y sentir el mar. Escuché mucha gente hablar de vidas pasadas y futuras, pero soy de los que creen que hay que vivir con intensidad y animarnos a todo ahora porque lo único que tenemos es el aquí y ahora por eso elijo vivirlo con intensidad".
Con una sana transparencia Miguel comentó "No me siento a meditar, pero si tengo que elegir me quedo con las filosofías orientales, que inclinan al humano a hacerse responsable de sus actos, pedir perdón y asumir sus karmas sin quedarse sólo con la oración. Esto me ayuda a devolver con alegría el prejuicio y la pesada mirada cuando toco el bombo en el semáforo donde sólo un gesto me demuestra que muchos me ven como un drogadicto o vago".
Vivir al máximo en el presente, animarse a hacer lo que uno siente y principalmente que el método de subsistencia sea el trabajo o la profesión que amamos son los métodos que llevaron a Miguel Fernández a tener dos hijos y construirse una casa haciendo lo que ama en un paraíso serrano como Estancia Vieja.







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